Se podría decir que desde siempre lo supo. Desde que se conocieron. Se podría decir que en ese primer instante juzgó, imaginó y resolvió toda situación futura posible (e imposible), se adelantó años luz a toda posibilidad real mientras eran presentados, y no le tomó más que un segundo. A pesar de su imaginación y sus inseguridades sabía muy bien lo que no quería, pero al mismo tiempo tantas cosas la tentaban, la atraían... ¿Era lo extraño de la situación? ¿Era la incomodidad de luchar contra ese pasado similar? ¿Era el jugar con lo prohibido? ¿O era simplemente él? Ni siquiera intentó explicarlo. Sabía bien que nadie entendería. Ella tampoco lo entendía. Y sin embargo...
Se podría decir que desde siempre lo supo.
Desde que se unieron tímidamente sin vínculo alguno.
Desde que se buscaron con desgano y fervor a la vez, sin saberlo.
Desde que dejó que creciera solo y sin guía ese peligroso cariño.
Desde que su cuerpo comenzó a hacer exactamente lo contrario a lo que ella realmente quería.
Desde que su mente le puso freno a su corazón.
Desde que le asignó diferentes identidades, quizás con la esperanza de confundirse y que su alter ego se satisficiera al fin con alguna.
Desde que le enseñó a convertir basura en alegría.
Desde que le pidió que saciara su curiosidad.
Desde que comprendieron que se comprendían.
Desde que comenzó a sabotearse a ella misma con ideas impersonales y absurdas que tanto criticó en otros.
Desde que se abrió intentando que viera lo que nadie había visto.
Desde que su silenciosa y pequeña compañía se hizo parte de ella, de su rutina, de su cotidianeidad, de su día a día.
Desde que sus diferencias los acercaban cada vez más.
Desde que comenzó a fundirlo y confundirlo con otros, sin un propósito claro.
Desde que, por el bien ajeno, pensaba solo en parar, pero cada acción compartida se convertía en una puesta en movimiento infinita.
Desde que hizo salir del fondo más hondo de su ser cosas que nadie, ni ella misma, hubiera imaginado.
Lo supo, y sin embargo lo único que pudo hacer fue crear un futuro con pensamientos mientras destruía el presente con palabras, inventar pretextos poéticos para disculpar su cobardía, alimentar su mundo mientras ensayaba disculpas a futuro, intentar poner en palabras su incoherencia y pedirle silenciosamente que la ayudara a entender.
Inesperadamente llegó lo esperado (¿aunque quién hubiera podido anticiparlo?), y se encontraron una madrugada, pero era demasiado temprano. El día es largo, pensó, hay tiempo de sobra. Y dejó que pasaran las horas. Vio cómo rápidamente olvidaba, y se olvidó ella también. Vio como aparecían flores nuevas y viejos fantasmas, cómo se interponían entre ellos y los mantenían ocupados mientras transcurría la tarde. El sol se escondió y sin decir nada volvieron a encontrarse, no entendían cómo ni por qué pero sabían que así tenía que ser. Pero la noche era oscura, y él vio lo que ella no pudo ver. ¿O quizás fue al revés? El desencuentro fue grande, aun peor que esa madrugada que ahora parecía tan lejana, tan infantil. Y en un segundo, un segundo igual al primero, a ese de los comienzos, comprendió que él tiene razón, que no hay excusa valedera, que pide demasiado, que no se puede moldear la realidad a imagen y semejanza de la imaginación, y da lo mismo si es un placer o un problema, la solución es simple aunque no la quiera ver.
Se podría decir que siempre lo supo. Y sin embargo...
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