10 oct 2012

Detrás de cada gran hombre… hay un gran escritor

Escrito para Soy Leyente, una revista de narración oral muy interesante para la que escribo críticas literarias todos los meses.

issuu.com/soyleyente


  ¿Por qué escribe el escritor, ese que no trabaja escribiendo, ese que llega a su casa tarde y cansado, y se sienta a escribir?   

Miedo. Miedo a la hoja en blanco. Miedo a no poder llenarla, a no encontrar las palabras justas. Miedo a saber quién la leerá, si le gustará. Miedo a no tener en claro lo que quiero escribir. Después de ese mar de inseguridades, cierro el Word, o tacho lo poco que escribí, si es que escribí algo, o simplemente guardo todo (hoja adentro del cuaderno, adentro de la carpeta, adentro del armario) e intento irme, casi con vergüenza.  Se me cruzan por la mente miles de frases que alguna vez marqué en los libros, que me causaron admiración, una impresión que deseo fervientemente causar en otros. Me miran los autores desde la biblioteca, a mis espaldas, están escondidos ahí, entre las páginas. Qué presión, intentar escribir bajo su mirada. Pero después de un rato, me pongo a pensar. Seamos sinceros, no se puede escribir algo maravilloso de un tirón. Cortázar debe haber tachado alguna frase, Borges o Dostoyevsky habrán arrugado alguna vez un papel, quizás incluso Sartre dudó, aunque sea un momento, acerca de qué palabra debía escribir a continuación. Todos partieron de una idea. Quizás hayan partido de la nada. También se enfrentaron a la hoja en blanco.  
Entre la desesperación del vacío, del cursor titilando en el medio de la nada, me acuerdo de que no tengo que responder ante nadie, que no hay presión alguna, que lo que primero que me llevó a agarrar esa hoja, a abrir ese nuevo archivo fue el deseo de expresarme, el querer volcar mis pensamientos, mis sentimientos, mi deseo de plasmar en un medio material todo lo abstracto que hay dentro mío. Porque eso es lo que la palabra puede. Porque eso es lo que la página en blanco significa, libertad. Disponer de la lengua para comunicar, a otros o a uno mismo, lo que nos inquiete dentro, lo que puje por salir. Porque es incomparable la satisfacción que uno siente al ver un texto propio que, a pesar de todas las imperfecciones que pueda tener, nos parece completo, "redondo", que comunica lo que uno quiere decir, que describe las imágenes que teníamos en mente, las historias, propias o ajenas, que nos parecen interesantes para contar. Porque escribir es más simple que cualquier otro medio de expresión, no se necesitan instrumentos, alta tecnología ni grandes inversiones, y además cualquiera puede hacerlo; solo se necesita tiempo. Porque escribir (ya sea una poesía, un cuento, o simplemente un texto sin forma, como puede ser éste) es una manera de permitirle a los otros acercarse a esa parte de uno que está escondida, que no sale a la luz en la cotidianeidad. Incluso si uno no quiere dedicarse a esto, si no se pretende vivir de las palabras, lucrar con ellas, la recompensa está en contemplar la hoja en la que vemos volcada un pedazo de nosotros mismos, y la felicidad que eso transmite es incalculable.   

12 jun 2012

El extranjero


(Paréntesis en el medio del estudio de Historia Sociocultural del Arte. Si se mira con cariño, algo tiene que ver. ¿No me quiere aprobar por esto?)


     Siempre hay que empezar porque uno es eso, uno. Uno entre miles de millones. Uno entre cosas, espacios, respiraciones, hojas. Y que las posibilidades son infinitas, y solo nos tocará alguna. A mí me tocó la de observar. Obsevar a una persona. Una persona que, en términos de pertenencia, es varias. No es de acá ni de allá. Está a medio camino de todo. Es extranjera en su propio suelo, pues la recibieron sus antepasados con más amor que sus compatriotas. Una persona que volvió, pero sigue allá. Que cuerpo, mente y sentimientos se dividen constantemente para repartirse entre dos espacios y tiempos paralelos. Que ha dejado sangre aquí y allá, y surca los aires y se cruza, habitando el suelo propio y ajeno. Un ser tan híbrido, que ha construído una pequeña fortaleza, un tercer espacio donde todo confluye, y no es ni esto ni aquello, donde la suma de ambas partes, blanca y negra, no genera gris sino un collage de retazos de colores, dispares en tamaño y forma, textura y procedencia. Y es interesante observar cómo los preconceptos de pertenencia y patriotismo se desarman por completo al existir gente así, que ama y existe en varios frentes, que siente apego íntimo con la vida, la gente y las cosas más allá de una línea imaginaria en el suelo. Que es siendo múltiples seres. Y que uno lo descubre y agradece esa oportunidad entre infinitas posibilidades que podrían habernos tocado, y aprende que uno simplemente es uno antes que todos los agregados con los que el exterior quiera vestirnos. Y que los sentidos (sentimientos y sensaciones), si priman por sobre la racionalidad y el intelecto, hacen la vida más fácil, pacífica y feliz. 

16 feb 2012

13/2

Y ahora somos niños, y río por ello, y lloro porque somos monigotes en una hoja de papel.
Y ahora somos adultos, viviendo futuros imaginarios de luz, redondez, enfermedad, primavera y ocaso.
Y ahora somos jóvenes, jugando a ser grandes (merienda y sexo) y peleando como niños, pidiendo perdón, con labios fruncidos y ojos tristes, y de nuevo el abrazo, la unión, siendo uno flotando sobre el resto, sobre todo, en el aire, inalcanzable por tormentas y hastíos, preparado para durar una eternidad.
Y ahora somos niños, y río por ello.