12 jun 2012

El extranjero


(Paréntesis en el medio del estudio de Historia Sociocultural del Arte. Si se mira con cariño, algo tiene que ver. ¿No me quiere aprobar por esto?)


     Siempre hay que empezar porque uno es eso, uno. Uno entre miles de millones. Uno entre cosas, espacios, respiraciones, hojas. Y que las posibilidades son infinitas, y solo nos tocará alguna. A mí me tocó la de observar. Obsevar a una persona. Una persona que, en términos de pertenencia, es varias. No es de acá ni de allá. Está a medio camino de todo. Es extranjera en su propio suelo, pues la recibieron sus antepasados con más amor que sus compatriotas. Una persona que volvió, pero sigue allá. Que cuerpo, mente y sentimientos se dividen constantemente para repartirse entre dos espacios y tiempos paralelos. Que ha dejado sangre aquí y allá, y surca los aires y se cruza, habitando el suelo propio y ajeno. Un ser tan híbrido, que ha construído una pequeña fortaleza, un tercer espacio donde todo confluye, y no es ni esto ni aquello, donde la suma de ambas partes, blanca y negra, no genera gris sino un collage de retazos de colores, dispares en tamaño y forma, textura y procedencia. Y es interesante observar cómo los preconceptos de pertenencia y patriotismo se desarman por completo al existir gente así, que ama y existe en varios frentes, que siente apego íntimo con la vida, la gente y las cosas más allá de una línea imaginaria en el suelo. Que es siendo múltiples seres. Y que uno lo descubre y agradece esa oportunidad entre infinitas posibilidades que podrían habernos tocado, y aprende que uno simplemente es uno antes que todos los agregados con los que el exterior quiera vestirnos. Y que los sentidos (sentimientos y sensaciones), si priman por sobre la racionalidad y el intelecto, hacen la vida más fácil, pacífica y feliz. 

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