Suspiro. Lucho contra el pasado. Intento dejarlo atrás pero insiste en volver una y otra vez, como sea, a través de charlas atrasadas desde nortes veraniegos, llamadas involuntarias, reencuentros que resumen años en una charla de café, reconciliaciones fallidas, distancias que nos hacen casi hermanos.
En cuanto puedo olvidar, regresan. Regresan todos, uno por uno, cada uno en su robado momento, a su manera, durando lo que tienen que durar, pero aparecen, siguen apareciendo, casi sin darme cuenta. Y de repente mi vida se ve invadida por historias viejas, recuerdos, anécdotas, miles de cosas que deberían haber sido olvidadas no sólo por mí, sino por el mundo entero. No debería haber rastro de todas esas cosas, y sin embargo lo hay. ¿Quién les da derecho a ocupar así a una persona nueva, completamente distinta?
Ahora que el león volvió, acechó prudentemente, y cuando vio el momento oportuno, dio el zarpazo, yo corro. Corro y corro, incluso cuando no hay por qué correr, cuando debería haberme alejado mucho antes, cuando debería haber dejado en claro que no soy presa. Pero sigo corriendo, nada me obliga a alejarme, pero me hace sentir bien. Me libero. No hay pasado en la lluvia.
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