4 feb 2011

En la cola del banco

Banco porteño, señor alemán a la vista; quizás llegado de pequeño a la Argentina, quizás hijo de germanos, quizás simplemente rubio. Quién sabe cual es su historia. Discute vehementemente de política con el señor que lo sucede en la cola. Con ojos azules, de mirada inquieta y viva, de cuerpo fibroso, flaco, levemente encorvado, escupe cual ametralladora datos precisos salidos probablemente de alguna encuesta o diario de preferencia con voz alta, segura, clara, ligeramente aguda para un hombre. Su pelo rubio mezclado con canas, parece indignado al igual que su portador por los porcentajes que representa la capital con respecto al país en materia de votos, de ideología, de vaya uno a saber qué. "Mire a Alfonsín, padre e hijo, gente decente, pero pichón, si llega a asumir qué va a hacer?". Apunta sus mocasines marrones hacia adelante para incluir a una señora (que reza todas las noches, según su testimonio, para que no gane cierto candidato) a la conversación.

El señor alemán tiene camisa a rayas, corbata al tono, diario en la mano y paraguas bajo el brazo, con una mezcla visual de importante señor inglés (no se sabe por qué inglés, si en realidad parece del viejo continente) y empleado de algún banco, igual al que lo abriga de la llovizna mientras hace la cola para pagar sus cuentas en esa mañana de fines de enero. Al escucharlo parece un digno argentino entusiasta político, anti-oficialista, en desacuerdo con los extremos más conservadores y con poca fe en el resto de los partidos. Si uno lo mira, parece un actor nórdico con su voz doblada con precisión, protagonista de algún film barato. Sus rasgos sajones se contradicen con la efervescencia latina de sus palabras. No se sabe ni de dónde viene, ni para dónde va. No se sabe a quién va a votar, ni de dónde saca los datos con los que predica. No se sabe si realmente el señor alemán es alemán. Quién sabe cual es su historia.

"Gracias, muchas gracias, que tengas un buen día. Hasta luego, ¡que las cosas mejoren!"

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